Las redes de la sociedad civil nacen con una fuerza increíble: motivación, sentido, urgencia compartida. Pero pasado el entusiasmo inicial, muchas veces se enfrían. ¿Te ha pasado? Se diluyen los encuentros, bajan las respuestas por WhatsApp, se postergan los compromisos… hasta que un día, la red se convierte en un grupo fantasma. ¿Qué ocurrió?
La energía inicial no basta para sostener un proceso colectivo si nadie cuida su forma, su ritmo, su estructura. Y en muchas redes autogestionadas, no hay remuneraciones, ni cargos asignados. Entonces surge la pregunta incómoda: ¿quién cuida a la red cuando nadie cobra por hacerlo?
La problemática: compromiso sin estructura = desgaste asegurado
En las redes de organizaciones comunitarias, territoriales o sociales, el compromiso suele ser emocional. Pero el tiempo es finito. Las personas trabajan, tienen familia, vida propia. Y la red —si no está bien estructurada— termina dependiendo de los “de siempre”: esas dos o tres personas que lo hacen todo… hasta que ya no pueden más.
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